Diecisiete cuevas de Cantabria, Asturias y el País Vasco han sido declaradas Patrimonio de la Humanidad. ¿Cómo eran los autores de estas obras maestras? ¿Por qué y cómo las pintaron? Jean Clottes, autoridad mundial en la materia, nos desvela los secretos del arte que se desarrolló en estos enclaves durante veinte mil años.
Eran como nosotros. Tenían el mismo cerebro y la misma apariencia y estatura. Sus emociones eran las mismas. Intentaban vivir lo mejor posible en un mundo peligroso. Les asustaba la muerte. Creían en el más allá. Tenían sus amores y alegrías, sus depresiones y sus fiestas.» Así define el prehistoriador Jean Clottes (Pirineos franceses, 1933) a nuestros `tatarabuelos´: los cromañones, el Homo sapiens.
Nuestro linaje empieza en África hace unos 120.000 años. Viajeros infatigables, culos de mal asiento. Emigran a Oriente Próximo. De allí siguen al este y llegan a Australia. Otros viajan al oeste y comienzan a poblar Europa hace 45.000 años. Soportan la era glacial, abrigándose lo mejor que podían, capaces ya de zurcir pieles con agujas de hueso. Ven a los neandertales extinguirse misteriosamente. Y no sólo sacan fuerzas para cazar y alimentarse, también tienen tiempo para inventar el arte. Producen dos centenares de obras maestras y numerosas pinturas menos elaboradas, sobre todo en Francia y España, desde el año 35.000 hasta el 11.000 antes del presente (convencionalmente marcado en el año 1950 del siglo XX).
¿Por qué pintaban? «Eran grandes artistas, aunque sus pinturas no están hechas para vender, como las de ahora», ironiza Jean Clottes, una autoridad entre los estudiosos del Paleolítico. Clottes es «nuestro hombre en la Unesco», pues ha sido el gran valedor del arte rupestre de la cornisa cantábrica y sus informes resultaron decisivos para que 17 grutas de Cantabria, Asturias y el País Vasco hayan sido catalogadas como Patrimonio de la Humanidad y acompañen a Altamira, que lo es desde 1985.
Según Clottes, es muy posible que los cromañones viviesen en familias amplias, de unos veinte individuos. Una tribu podía reunir a varias familias. Cada tribu estaba a unas horas de marcha de las más próximas, pues tenían sus propios territorios de caza. Se organizaban reuniones cada uno o dos años. Era la oportunidad para intercambiar noticias, hacer trueque, encontrar pareja, celebrar ceremonias y fiestas. Podían cantar, tocar el tambor y se han encontrado flautas de hueso de más de 25.000 años. Había reyertas y peleas. Pero no se hacían la guerra. La guerra empieza con la agricultura y la propiedad, cuando los neolíticos son dueños de los campos y rebaños que deberán defender de la codicia de otros grupos.
Vivían poco tiempo, quizá unos 25 años. Podían llegar a viejos, pero sólo de chiripa. Los hombres perecían en accidentes de caza; las mujeres, en los partos. Una simple apendicitis era mortal. Pero ya había personas que sabían reducir fracturas, vendar heridas o curar con el jugo de las plantas. Y también había artistas. Los que pintaban no eran los bohemios o los raritos del grupo. Eran profesionales. «Los dibujos más antiguos tienen unos 30.000 años y los más modernos se realizaron a finales de la última glaciación. Durante aquel larguísimo periodo conservaron el mismo tipo de religión. Por eso, muchos estudiosos sospechan que arte y religión están relacionados. Y que el primer arte de la humanidad fue un arte sacro», expone Clottes.
Era un mundo despiadado, pero no tanto como el mundo en el que habían sobrevivido los homínidos durante un par de millones de años. Europa estaba infestada de panteras, leones, osos, rinocerontes lanudos, lobos... Pero las noches y la oscuridad ya no eran tan terroríficas desde que hace 500.000 años el hombre dominara el fuego. No obstante, aquella inseguridad pervivió en nuestros genes y convierte al hombre actual en carne de psiquiatra. Los niños pequeños tienen miedo a la oscuridad como herencia de la desprotección del hombre primitivo. De aquellos cazadores también hemos heredado la astucia: las tretas y engaños en el eterno juego entre víctimas y depredadores que hoy sigue vigente en nuestra sociedad. Nuestra vida emocional no es muy diferente a la de los cromañones y nuestros gustos estéticos, tampoco.
Pero es extraño que pintasen en las cuevas. Celebraban alguna ceremonia en ellas o se refugiaban de una tormenta, pero adentrarse en la oscuridad va en contra del instinto de supervivencia. En las cavernas hibernan los osos; hay serpientes y alimañas. Y si no las hay, es fácil imaginárselas. «No vivían en ellas. Por tanto, el objetivo no era decorar sus moradas. Además, solían realizar sus pinturas en lugares recónditos, al fondo de galerías estrechas donde únicamente cabía una sola persona. Las cuevas inspiran un temor supersticioso: allí residen los dioses y las almas de los muertos», advierte Clottes. La mayoría de las tribus las evita. «Pero algunas hicieron lo contrario. Reunieron valor para ir al encuentro de los espíritus en el mundo subterráneo y pedirles ayuda para resolver los problemas de sus vidas: curar a los enfermos o favorecer la caza.»
No todos los expertos están de acuerdo con este planteamiento. Pero la mayor parte de ellos coincide en que los artistas rupestres eran ingeniosos y apañados. Mezclaban los pigmentos en morteros. Cientos de minerales servían de colorantes. Utilizaban conchas de percebe como envases. El agua calcificada era un disolvente; y las grasas animales y vegetales, aglutinantes. Tenían rotuladores primitivos. Cuando la superficie era dura, utilizaban un sílex para grabar sobre la roca; cuando era blanda, hueso, madera o los dedos. A veces escupían la pintura o la soplaban mediante canutos hechos de huesecillos de pájaros sobre sus manos colocadas en la pared: después retiraban la mano y su huella aparecía en blanco. Es la técnica del estarcido. Dominaban la policromía, a pesar de su enigmática y obsesiva fijación por el rojo y el negro.
Para alumbrarse, utilizaban antorchas y lámparas de grasa en las que empapaban mechas elaboradas con líquenes. La luz era más tenue que la de una vela. «Pero el ojo se adapta muy bien. Hay muchas sombras en las paredes. No es una luz dura, como la eléctrica. Es fantasmagórica, oscilante. Se ve menos, pero lo que se ve cobra vida. Las grietas de la roca, por ejemplo», describe Clottes. Para pintar algunas paredes se requerían andamios como los que usó Miguel Ángel en la capilla Sixtina. Los mejores pintores se lo tenían bastante creído y fueron imitados durante milenios. Sorprende la calidad. Hay estudios anatómicos exquisitos, escenas de caza con un dominio soberbio de la composición. Contemplar aquellas pinturas con los ojos inocentes del hombre prehistórico debía de ser sobrecogedor.
¿Cuál era el propósito? No hay consenso. Muchos investigadores desconfían de las interpretaciones generales. Han quedado desfasadas la teoría totémica (cada tribu veneraría a un tótem o bestia sagrada) o la de la magia simpática que ayudaría en la caza. ¿Eran entonces pinturas didácticas; es decir, las cuevas eran aulas y las paredes, pizarras? Tampoco, la caza se enseña cazando. Para el historiador británico Paul Johnson, los cromañones pintaban por la satisfacción de pintar. Los entretenía y excitaba. Para otros, las cuevas eran catedrales de roca, pero sólo para iniciados. Una galería de arte en el subsuelo a la que únicamente se llega agachándose y reptando por un laberinto de pasillos kilométricos.
El paleobiólogo Dale Guthrie tiene otra teoría. Los artistas rupestres eran grafiteros adolescentes, más pueriles y menos misteriosos que Bansky, el artista callejero británico. «Muchas obras no evidencian huellas de ritos o magia, son informales», argumenta. «Trazos rápidos, inacabados. Estas obras no suelen mostrarse en los libros de arte». Los temas: gore y porno. «Escenas de caza sangrientas y mujeres despampanantes, con el pubis hinchado y grandes tetas. Hay genitales por todas partes.»
Jean Clottes discrepa. Para él, la calidad desmiente la teoría del grafitti. «Por favor, Chauvet o Altamira no fueron creados por niños. Eran personas adiestradas y sensibles. Tenían un don artístico y espiritual.» Clottes, junto con David Lewis-Williams, defiende la teoría chamánica. «Los chamanes son individuos que se comunican con el más allá. La mayor parte de los dibujos está muy logrado. Los más torpes quizá fueron obra de quienes los acompañaban: adolescentes durante las ceremonias de iniciación o enfermos que deseaban sanar.» Hay fragmentos de huesos plantados en las fisuras de las rocas. Recuerda el gesto de los judíos que colocan papelitos con oraciones en el Muro de las Lamentaciones. «Para las religiones prehistóricas, en el cosmos coexisten mundos paralelos. Pensaban que lo sobrenatural estaba dentro de la roca. Intentaban hacer contacto con las divinidades, del mismo modo que algunas tribus de indios americanos dejan monedas o cigarrillos en sus montes sagrados.»
Los estudios neurológicos sostienen la idea
chamánica. Existen estados alterados de la conciencia: trances y alucinaciones. El chamán cree que su alma abandona el cuerpo, que vuela y habla con los animales. Las nubes de puntos que se ven en muchas pinturas rupestres aparecen en el primer estadio del trance. Es un fenómeno entóptico (tiene lugar dentro del ojo). «No se puede explicar todo el arte paleolítico desde el chamanismo, pero es la hipótesis más coherente», resume Clottes.
El hombre del Neolítico dejó de pintar en las cuevas porque las religiones cambiaron, el mundo cambió y también la idea del mundo. Pero el legado del hombre de Cromañón sigue maravillando. Cuentan que Pablo Picasso visitó la cueva de Lascaux y salió tan impactado que susurró: «No hemos aprendido nada en 12.000 años».
Nuestro linaje empieza en África hace unos 120.000 años. Viajeros infatigables, culos de mal asiento. Emigran a Oriente Próximo. De allí siguen al este y llegan a Australia. Otros viajan al oeste y comienzan a poblar Europa hace 45.000 años. Soportan la era glacial, abrigándose lo mejor que podían, capaces ya de zurcir pieles con agujas de hueso. Ven a los neandertales extinguirse misteriosamente. Y no sólo sacan fuerzas para cazar y alimentarse, también tienen tiempo para inventar el arte. Producen dos centenares de obras maestras y numerosas pinturas menos elaboradas, sobre todo en Francia y España, desde el año 35.000 hasta el 11.000 antes del presente (convencionalmente marcado en el año 1950 del siglo XX).
¿Por qué pintaban? «Eran grandes artistas, aunque sus pinturas no están hechas para vender, como las de ahora», ironiza Jean Clottes, una autoridad entre los estudiosos del Paleolítico. Clottes es «nuestro hombre en la Unesco», pues ha sido el gran valedor del arte rupestre de la cornisa cantábrica y sus informes resultaron decisivos para que 17 grutas de Cantabria, Asturias y el País Vasco hayan sido catalogadas como Patrimonio de la Humanidad y acompañen a Altamira, que lo es desde 1985.
Según Clottes, es muy posible que los cromañones viviesen en familias amplias, de unos veinte individuos. Una tribu podía reunir a varias familias. Cada tribu estaba a unas horas de marcha de las más próximas, pues tenían sus propios territorios de caza. Se organizaban reuniones cada uno o dos años. Era la oportunidad para intercambiar noticias, hacer trueque, encontrar pareja, celebrar ceremonias y fiestas. Podían cantar, tocar el tambor y se han encontrado flautas de hueso de más de 25.000 años. Había reyertas y peleas. Pero no se hacían la guerra. La guerra empieza con la agricultura y la propiedad, cuando los neolíticos son dueños de los campos y rebaños que deberán defender de la codicia de otros grupos.
Vivían poco tiempo, quizá unos 25 años. Podían llegar a viejos, pero sólo de chiripa. Los hombres perecían en accidentes de caza; las mujeres, en los partos. Una simple apendicitis era mortal. Pero ya había personas que sabían reducir fracturas, vendar heridas o curar con el jugo de las plantas. Y también había artistas. Los que pintaban no eran los bohemios o los raritos del grupo. Eran profesionales. «Los dibujos más antiguos tienen unos 30.000 años y los más modernos se realizaron a finales de la última glaciación. Durante aquel larguísimo periodo conservaron el mismo tipo de religión. Por eso, muchos estudiosos sospechan que arte y religión están relacionados. Y que el primer arte de la humanidad fue un arte sacro», expone Clottes.
Era un mundo despiadado, pero no tanto como el mundo en el que habían sobrevivido los homínidos durante un par de millones de años. Europa estaba infestada de panteras, leones, osos, rinocerontes lanudos, lobos... Pero las noches y la oscuridad ya no eran tan terroríficas desde que hace 500.000 años el hombre dominara el fuego. No obstante, aquella inseguridad pervivió en nuestros genes y convierte al hombre actual en carne de psiquiatra. Los niños pequeños tienen miedo a la oscuridad como herencia de la desprotección del hombre primitivo. De aquellos cazadores también hemos heredado la astucia: las tretas y engaños en el eterno juego entre víctimas y depredadores que hoy sigue vigente en nuestra sociedad. Nuestra vida emocional no es muy diferente a la de los cromañones y nuestros gustos estéticos, tampoco.
Pero es extraño que pintasen en las cuevas. Celebraban alguna ceremonia en ellas o se refugiaban de una tormenta, pero adentrarse en la oscuridad va en contra del instinto de supervivencia. En las cavernas hibernan los osos; hay serpientes y alimañas. Y si no las hay, es fácil imaginárselas. «No vivían en ellas. Por tanto, el objetivo no era decorar sus moradas. Además, solían realizar sus pinturas en lugares recónditos, al fondo de galerías estrechas donde únicamente cabía una sola persona. Las cuevas inspiran un temor supersticioso: allí residen los dioses y las almas de los muertos», advierte Clottes. La mayoría de las tribus las evita. «Pero algunas hicieron lo contrario. Reunieron valor para ir al encuentro de los espíritus en el mundo subterráneo y pedirles ayuda para resolver los problemas de sus vidas: curar a los enfermos o favorecer la caza.»
No todos los expertos están de acuerdo con este planteamiento. Pero la mayor parte de ellos coincide en que los artistas rupestres eran ingeniosos y apañados. Mezclaban los pigmentos en morteros. Cientos de minerales servían de colorantes. Utilizaban conchas de percebe como envases. El agua calcificada era un disolvente; y las grasas animales y vegetales, aglutinantes. Tenían rotuladores primitivos. Cuando la superficie era dura, utilizaban un sílex para grabar sobre la roca; cuando era blanda, hueso, madera o los dedos. A veces escupían la pintura o la soplaban mediante canutos hechos de huesecillos de pájaros sobre sus manos colocadas en la pared: después retiraban la mano y su huella aparecía en blanco. Es la técnica del estarcido. Dominaban la policromía, a pesar de su enigmática y obsesiva fijación por el rojo y el negro.
Para alumbrarse, utilizaban antorchas y lámparas de grasa en las que empapaban mechas elaboradas con líquenes. La luz era más tenue que la de una vela. «Pero el ojo se adapta muy bien. Hay muchas sombras en las paredes. No es una luz dura, como la eléctrica. Es fantasmagórica, oscilante. Se ve menos, pero lo que se ve cobra vida. Las grietas de la roca, por ejemplo», describe Clottes. Para pintar algunas paredes se requerían andamios como los que usó Miguel Ángel en la capilla Sixtina. Los mejores pintores se lo tenían bastante creído y fueron imitados durante milenios. Sorprende la calidad. Hay estudios anatómicos exquisitos, escenas de caza con un dominio soberbio de la composición. Contemplar aquellas pinturas con los ojos inocentes del hombre prehistórico debía de ser sobrecogedor.
¿Cuál era el propósito? No hay consenso. Muchos investigadores desconfían de las interpretaciones generales. Han quedado desfasadas la teoría totémica (cada tribu veneraría a un tótem o bestia sagrada) o la de la magia simpática que ayudaría en la caza. ¿Eran entonces pinturas didácticas; es decir, las cuevas eran aulas y las paredes, pizarras? Tampoco, la caza se enseña cazando. Para el historiador británico Paul Johnson, los cromañones pintaban por la satisfacción de pintar. Los entretenía y excitaba. Para otros, las cuevas eran catedrales de roca, pero sólo para iniciados. Una galería de arte en el subsuelo a la que únicamente se llega agachándose y reptando por un laberinto de pasillos kilométricos.
El paleobiólogo Dale Guthrie tiene otra teoría. Los artistas rupestres eran grafiteros adolescentes, más pueriles y menos misteriosos que Bansky, el artista callejero británico. «Muchas obras no evidencian huellas de ritos o magia, son informales», argumenta. «Trazos rápidos, inacabados. Estas obras no suelen mostrarse en los libros de arte». Los temas: gore y porno. «Escenas de caza sangrientas y mujeres despampanantes, con el pubis hinchado y grandes tetas. Hay genitales por todas partes.»
Jean Clottes discrepa. Para él, la calidad desmiente la teoría del grafitti. «Por favor, Chauvet o Altamira no fueron creados por niños. Eran personas adiestradas y sensibles. Tenían un don artístico y espiritual.» Clottes, junto con David Lewis-Williams, defiende la teoría chamánica. «Los chamanes son individuos que se comunican con el más allá. La mayor parte de los dibujos está muy logrado. Los más torpes quizá fueron obra de quienes los acompañaban: adolescentes durante las ceremonias de iniciación o enfermos que deseaban sanar.» Hay fragmentos de huesos plantados en las fisuras de las rocas. Recuerda el gesto de los judíos que colocan papelitos con oraciones en el Muro de las Lamentaciones. «Para las religiones prehistóricas, en el cosmos coexisten mundos paralelos. Pensaban que lo sobrenatural estaba dentro de la roca. Intentaban hacer contacto con las divinidades, del mismo modo que algunas tribus de indios americanos dejan monedas o cigarrillos en sus montes sagrados.»
Los estudios neurológicos sostienen la idea
chamánica. Existen estados alterados de la conciencia: trances y alucinaciones. El chamán cree que su alma abandona el cuerpo, que vuela y habla con los animales. Las nubes de puntos que se ven en muchas pinturas rupestres aparecen en el primer estadio del trance. Es un fenómeno entóptico (tiene lugar dentro del ojo). «No se puede explicar todo el arte paleolítico desde el chamanismo, pero es la hipótesis más coherente», resume Clottes.
El hombre del Neolítico dejó de pintar en las cuevas porque las religiones cambiaron, el mundo cambió y también la idea del mundo. Pero el legado del hombre de Cromañón sigue maravillando. Cuentan que Pablo Picasso visitó la cueva de Lascaux y salió tan impactado que susurró: «No hemos aprendido nada en 12.000 años».
XLSemanal online- Carlos Manuel Sánchez
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